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Sin duda, hay muchos textos ficcionales que abordan la temática de la locura y fascinan a los lectores. Borges supo apreciar este tema y lo plasmó en su cuento “El libro de arena” donde insinúa que la escritura infinita, el pensamiento irracional y la realidad sin límites es monstruosa. En ese texto, su protagonista y alter ego, recibe un libro fascinante. Lo sorprendente, además de su peso, es que la numeración de sus páginas no tiene lógica alguna. Así, intenta hallar la primer y última página, pero le es imposible porque “ni el libro ni la arena tienen principio ni fin”.

Al poco tiempo, este personaje sólo vive para el libro, se obsesiona y lo estudia sin descanso. Hasta sueña con él en los breves momentos en que vence al insomnio y se convierte en su “prisionero”. Advierte que el texto -y él mismo- eran seres abominables, concluyendo que: “… el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo (…) Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.” Finalmente, logra salir de su enfermedad, sin poder destruir el libro: sólo lo esconde en un anónimo anaquel de la Biblioteca Nacional.

Para algunos éste y otros serán sólo cuentos, productos de la invención caprichosa de algún escritor. Sin embargo, la locura y los locos existen en la realidad tanto como la necesidad de poblar con relatos aquella brecha que nos permita entender qué hacer con ellos, qué lugar darles en nuestro entorno o cómo relacionarnos con ese “Otro” distinto.  Estos interrogantes, a su vez, cuestionan nuestra propia naturaleza humana, la fascinación y la incomodidad que sentimos o no frente a lo irracional y salvaje.  Incluso, nos llevan a posicionarnos en extremos absolutos.

Así lo registra el filósofo Michel Foucault en su Historia de la locura en la época clásica  donde repasa distintas interpretaciones occidentales sobre la figura del loco y su tratamiento: desde considerarlos seres sagrados por su cercanía a la verdad o a la inocencia, hasta encerrarlos en barcos y librarlos a su suerte en el mar, o incluso quitarlos de la mirada social (por aislamiento o muerte) como hizo el personaje de Borges con el libro.

En la actualidad, con algunas variantes, el abordaje real de esta problemática social continúa polarizado. Por un lado, existe un modelo que propone proteger a la sociedad controlando al “loco” por medio de la medicación, restricción o encierro. Y, por otro, una postura comunitaria que intenta la integración de la “persona con una enfermedad mental” en la sociedad (línea que apoya la actual Ley de Desmanicomialización en Río Negro).

Quizá éste sea el verdadero problema: la oscilación social entre ambas miradas y relatos, la incapacidad propia para pensar lo diferente y darle el tratamiento individual que se necesita, la tentación de caer en simplificaciones o idealismos, la falta de implementación de políticas en Salud que atiendan la diversidad y los problemas concretos, el encontrar un punto intermedio entre la ficción y la realidad.

Hasta que no logremos superar apropiadamente esta dicotomía, al igual que el personaje de Borges, seguiremos estando a merced de nuestra propia monstruosidad, de los peligros que conlleva la ingenuidad cotidiana y el convivir con quien no entendemos en una realidad sin límites.